Se llamaba Soledad. Llevaba horas sentada al borde del puente, con las piernas colgando, viendo el río pasar, con el frío calándole los huesos, con las lágrimas resbalando por su cara, sin poderlas contener, sin querer contenerlas. ¡Tenía tanto llorado! Y aún así seguía teniendo esas infinitas ganas de seguir llorando. Quizá ya era demasiado tarde, quizá acumulaba demasiado dolor, quizá la tristeza y el miedo ya formaban parte de su ADN. No recuerda muy bien cuando dejó de reir, ella, que siempre reía a carcajadas. Tampoco recuerda cuando dejó de sonreir, ni cuando la leve y triste sonrisa se convirtió en una mueca de amargura. No se había dado cuenta del cambio, pero lo vio al repasar las fotos. Ahí estaba la infinita pena, la tristeza, la amargura.

La engañaron. Creció creyendo en cuentos de hadas, en príncipes azules. Mentira. Su príncipe fue un gran sapo, pero no antes del beso, sino luego. Ella pensó que si era una buena madre, una buena amante, una persona dulce, atenta, pendiente, amorosa, el moriría por ella y la felicidad sería completa. Mentira. La dulzura y la ternura chocaron contra una pared. Y llegaron los malos tratos. Sin golpes, no hacía falta. Insultos, muchos. Inútil, torpe, barriobajera. La comida está dulce, o salada. ¿Otra vez pasta? ¿Aún no comemos? ¿No sabes que vengo con hambre? ¿Qué has estado haciendo? Mira que pelos llevas. ¿Por qué no te pintas? ¿Para quién te has pintado hoy? ¿Dónde vas con ese vestido? No, no me apetece acompañarte a comprar, trae lo que puedas. ¿Y mi camisa nueva? ¿Por qué no has frotado la mancha antes de lavar? Ahora la has estropeado, si tú, por no fijarte. ¿Otra vez una peli de esas? ¡No soporto tu música! Si leyeras el periódico, si vieras los debates… ¿Para qué quieres otros zapatos? Mírame cuando te hablo. ¡Otra vez llorando!. Todo lo arreglas llorando. Hoy tenemos invitados, improvisa. ¿Por qué te enfadas? Improvisa, sonríe, se perfecta, sonríe limpia, sonríe, cocina, sonríe, trabaja, sonríe, péinate, sonríe, píntate, sonríe, haz, haz, haz, haz. Y sí, hoy quiero hacer el amor, no necesito saber si a ti te apetece, si estás cansada te aguantas. Para algo nos casamos ¿no?

Día tras días los menosprecios fueron calando. Se creyó inútil, torpe, barriobajera. Llegó el dolor, la angustia y, finalmente, el miedo. El miedo llegó el día en que le levantó la mano. No le pegó, nunca llegó a ponerle la mano encima, pero no fue necesario. Vio odio en sus ojos, vio rencor, vio menosprecio, vio ira. Si hubiera sido un dibujo animado estaría fulminada. No reconoció esos ojos, ni esa mirada. Solo supo bajar la cabeza. Hacerse pequeñita. Salir y encerrarse en el baño a llorar. Luego vino el perdona, he tenido un día horrible y la he pagado contigo. ¿No creerás que iba a hacerte daño, verdad? Con lo que yo te quiero. Pidamos una pizza, a ver si hacen en la tele una peli de esas que te gustan.

Empezó a ser callada. Ella, que no callaba ni bajo el agua. A no opinar, para evitar enfados. Es que a él el trabajo le estresaba mucho. Lo de ella era distinto. Ella no tenía tanta responsabilidad. Su trabajo lo podría hacer cualquiera, pero él, él tiene que tomar decisiones importantes. Si ya sé que también tienes responsabilidades, que tus decisiones afectan a otros, pero no es lo mismo, no compares. ¿Cómo que tienes cena de trabajo? ¿Pero, me has dejado preparado algo para cuando yo llegue? Claro que no puedo llegar antes para quedarme con los niños, ya sabes que hoy tengo partida y si fallo los otros se quedan sin jugar. ¿No querrás jorobar a todo el mundo, verdad? Podrías haber quedado otro día. Habla con tu hermana, con tu madre. Déjalos a dormir, yo que sé, no me agobies.

Callada y solitaria. También. Ya no era feliz, ya no le apetecía salir. Demasiadas discusiones, demasiado drama cada vez. Demasiadas componendas y demasiados reproches a la vuelta. Has bebido. Has tardado. Hueles a humo. De donde vienes tan contenta. ¿Y encima ahora no te apetece follar conmigo? Estoy esperándote ¿sabes? Ahora te parece tarde. Ahora es que mañana tienes que madrugar. Para venir tarde, si, pero para acostarte con tu marido, no. Igual tienes a otro. Que me entere yo que has estado tonteado. Seguro que con los demás sí que te ríes. Seguro que has enseñado hasta las bragas. ¡Menuda minifalda! ¿Eso cuando te lo has comprado? ¿Para quién? Porque para mi está visto que no. Pues no, no te dejo, eres mi mujer, si no te apetece, te aguantas. He dicho que me beses. Me da lo mismo que llores, haberlo pensado antes.

Inútil, torpe, barriobajera, callada, solitaria y triste. Muy triste. Solo cuando estaba a solas con los niños era feliz. Si estaba él, tampoco. Les tenía celos. Con ellos te ríes, a ellos les abrazas y les besas. ¿Lo ves? A mí no me quieres, yo me esfuerzo y nada. ¿Todavía no has ido a la peluquería? Ya te he dicho que te cortes el pelo, que como lo llevas se te come la cara. ¿Me has planchado la camisa blanca? Te dije que la necesitaba para mañana.  ¿Otra vez la cena por hacer? Me da lo mismo que los niños tengan un festival y haya que preparar cosas. Acabas antes. Y no, ya que lo preguntas, no podré ir. ¿No vas tú? Pues ya está. Tengo cosas que hacer.  ¿Te enfadas? Dios que carácter se te ha hecho. Por cierto, a la camisa que llevo está a punto de caérsele el botón de la manga derecha. Y el pantalón sigue con la orilla descosida. Y a ver si lo coses un poco mejor que la última vez. ¡Ya podrías aprender de una vez a hacer algo bien!

Y ahí estaba, con los pies colgando, mirando el río. Se le había ido la vida. Escuchando la música que a él le gustaba, cocinando sus comidas favoritas, vistiéndose y peinándose como le decía, haciendo el amor cuando él quería y como quería, lavándole, planchándole, todo para tenerle contento, pero siempre escuchaba reproches ¿Para qué tanto esfuerzo? Cada vez se sentía más pequeña, cada vez eran más los gritos, los tropezones, los ratos de enfado, que pasaron a ser días, en que ni la miraba ni le hablaba. Solo murmuraba por detrás, mira que eres inútil, que asco de comida, que mierda de …, esos zapatos que llevas no pegan ni con chocolate, ¿no irás a salir así? ¿Tú te has visto?

Pequeña, pequeña, cada vez más pequeña, cada vez menos ella, cada vez más perdida. Hasta ese día. Se levantó y la bronca fue descomunal. Porque no encontraba la corbata que quería, nos sabía si todavía estaría en el tinte, ¿por qué no la había recogido ella?, ¿por qué no había pensado que era la que mejor iba con ese traje y se la querría poner? Inútil, ni para llevar la casa sirves. ¿Y tú, porque no lo has pensado tú? ¿por qué no has ido tú a la tintorería? Te viene de paso. Y tú eres el que sabe lo que se quiere poner. Y yo no fui quien manchó la corbata. ¿Me estás replicando desgraciada? ¿Me estás echando la culpa? Si no fuera…Otra vez la mano en alto. Otra vez esa mirada. Salió de casa echando pestes y ella se dejó caer al suelo. Los niños no estaban, por suerte. Bendito campamento. Lloró y, cuando se sintió más calmada, se levantó, fue al baño. Quería arreglarse para salir a recoger la corbata,  se miró en el espejo, sonrió con amargura y salió de casa. No fue a la tintorería sino al puente. Solo quería desaparecer, ella y su dolor. Y ahí estaba, con los pies colgando…

 Pero el sol en la cara, calentándole el cuerpo, la estaba desempañando. Se acordó de la canción de Sabina: El sol solo es el sol si brilla en ti, la lluvia solo es lluvia si te moja al caer. De repente se fue el dolor. De repente dijo basta. ¡A la porra la puñetera corbata!¡A la porra su dueño!

Soy mujer, soy persona, con mis propios sueños, con mis propios deseos. Con derecho a ser la única dueña de mi vida, con derecho a reir y a llorar, a ponerme guapa o ir de trapillo, a dejarme la melena hasta la cintura o a raparme al dos, a pintarme o a salir con ojeras, a teñirme el pelo o a dejar ver las canas, a llevar minifalda o falda hasta los pies, a llevar vestido o pantalón, a ponerme tacones o deportivas, a sentarme a no hacer nada o a hacer de todo, a decidir si me acuesto o si me levanto, si salgo a caminar o de marcha, si me apetece cocinar o hacerme un bocadillo, si comer pizza o ensalada, si quiero bailar o tumbarme en la cama, si quiero dar un beso o no, si quiero hablar en serio o de broma, de todo o de nada.

Y sonrió. Sin amargura. Todavía triste, pero ya sin lastre. Las cadenas, las ataduras era lo único que había arrastrado la corriente del río bajo sus pies. Y desde ese momento empezó a recuperar el amor por sí misma. Y, poco a poco, se le fueron los miedos, las vergüenzas, los “es que”, los “que dirán los demás”, los “mira lo que pareces”, los “si no te cambias no salimos de casa”, los “calladita estás más guapa”, los “deja de reir las gracias a los demás”, los “estás haciendo el ridículo”, los “no des un espectáculo”, los “eso no es de mujeres”, los “eres una amargada”, los “no se te ocurra”, los “de esta te acuerdas”, los “te partiría la cara”. Ya no tenía miedo, ni lágrimas. Eso no era amor. Amor no es que te hagan lloran. Amor no es que te hagan sentir miedo. Amor no es que te controlen. Amor no es que decidan por ti. Amor es querer a la otra persona a tu lado, no bajo tus órdenes. Amor es respeto. Amor es que te traten de igual a igual. Amor es confianza. El amor no es violento, no duele, no empequeñece, no lastima. Ahora lo sabe. Ahora ha dicho basta. Ahora es feliz. Ahora está orgullosa de ser mujer. Ahora no es de nadie, salvo de ella misma. Ahora va a luchar, ahora no va a agachar la cabeza, ahora no va a aguantar ningún golpe, ningún insulto, ningún porque eres mi mujer y punto. Nunca más va a dejar que la hagan sentir NADIE.

Beatriz Gomar

 

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