¿SOBREVIVIRÁ LA ABOGACIA AL COVID-19?

Desde el pasado 14 de marzo que comenzó el estado de alarma, la vida de los habitantes de este país dio un vuelco. Pero si a algún colectivo le ha afectado esta situación de modo grave y negativo, es, sin dudarlo,  a la abogacía.

Demasiados motivos y demasiados frentes abiertos como para saber cómo vamos a salir de esta y en qué situación. A mi entender, la crisis del Covid-19 va a tener un impacto en nuestra vida, en nuestra profesión y en nuestro futuro, mucho más grande que el que tuvo la llamada crisis del ladrillo. En aquel momento, se nos bajó de un plumazo de la burbuja, de la nube, del atar los perros con longanizas, a la cruda realidad, y la economía en general y la nuestra en particular, sufrió un grave revés. Tuvimos que adaptarnos a la nueva situación. Vimos desaparecer clientes tan rápido como desaparecían sus negocios y sus empresas, tuvimos que aprender a trabajar muchas más horas para ganar mucho menos dinero y, unos con mejor y otros con peor fortuna, tiramos para adelante.

En estos momentos no es que se nos haya devuelto al planeta tierra (aquí ya estábamos desde hace tiempo) sino que ha desaparecido la tierra bajo nuestros pies. Hemos parado el mundo, hemos parado la economía y con ello la vida y el futuro de muchas personas. ¿Se para y se pone en marcha la economía como quien para el motor de un coche para repostar y luego lo vuelve a encender? Yo creo que no. Va a ser difícil arrancar de nuevo. Algunos igual aprovechan para que el cierre sea definitivo, otros, se ahogarán con los gastos antes de poder volver a generar ingresos. De todos modo, el análisis económico no es mi fuerte, así que no me entretendré en él.

La abogacía es uno de los colectivos a los que se le ha dado el alto, el stop, desde el minuto uno de este estado de alarma. Y no porque nos hayan confinado, no, porque podemos trabajar desde casa y muy bien. De hecho, estamos acostumbrados a hacerlo, en festivos, en fines de semana. La gente que sabe lo que son plazos preclusivos o perentorios o urgencias de clientes que querían el contrato para antes de ayer,  sabe de lo que hablo.  A lo que me refiero, cuando digo que nos han dado el alto, es que la justicia se ha parado. Igual era una consecuencia necesaria en la defensa de los derechos de la ciudadanía. Parar la justicia para que nadie pierda un solo derecho. Si el mundo se para, la justicia se para (salvo las excepciones conocidas) para seguir siendo justa cuando salgamos de este arresto domiciliario. Ese debió ser el planteamiento.

El problema no es que la justicia se pare para defender los derechos de la ciudadanía. El problema es que en ese parón se ha detenido la actividad judicial mucho más allá de lo deseable. La crisis del Covid-19 ha servido para darnos cuenta que la justicia no está preparada para el teletrabajo, que los sistemas y programas que se usan no pueden seguir usándose desde casa, que  ha existido un desencuentro entre el ejecutivo y el judicial desde el minuto uno. Que la administración ha mandado a sus funcionarios en masa a casa hasta el punto que el poder judicial ha dudado que se puedan cumplir hasta los servicios mínimos. No voy a entrar en si es justo que en las grandes o no tan grandes superficies comerciales se siga trabajando para proveer de comida a los ciudadanos, eso sí, adoptando medidas, o en todos aquellas otras actividades calificadas de básicas y/o esenciales y en los juzgados no. Igual es que la justicia ni es un servicio esencial, ni básico, más allá de lo declarado urgente y/o lo que afecta a derechos fundamentales. Y este problema va a agravarse con la supuesta vuelta a la normalidad. Gráficamente se me antoja como lo que los italianos llaman ferragosto, el 15 de agosto. Atascos interminables porque hay más coches de los que la carretera permite. Imagino que lo mismo en justicia luego de más de mes y medio de paro. No quiero plantearme como va a responder Lexnet al aluvión de demandas pendientes de presentar, escritos de plazos que se interrumpieron, recursos, alegaciones, etc , etc.  Tampoco quiero plantearme para cuando lo de la celebración de juicios con normalidad si la salida de este confinamiento dicen los expertos que ha de ser gradual y progresiva y si en los juicios suele haber más gente de la recomendable para mantener las medidas de seguridad.

Hasta aquí una pincelada a la justicia. Pero no solo de justicia vive la abogacía. Hay muchas actuaciones y gestiones extrajudiciales que se prestan fuera de los juzgados. Asesoramiento a empresas, contratos de todo tipo, reclamaciones amistosas, gestiones  ante Ayuntamientos y administraciones y un largo etcétera en que se necesitan los servicios jurídicos que la abogacía ofrece. Y aquí nos han vuelto a echar en freno. Sin actividad, más allá de la esencial, no hay negocio, no hay vida comercial y no hay servicios que prestar. Ya no se necesitan contratos de arrendamiento para anteayer, ni solicitar licencias, ni presentar PDAIS, ni contratos de obra, ni consultas sobre el mejor modo de… En fin, que la economía es el otro motor de la actividad de la abogacía y también está prácticamente parado.

Hablo de la abogacía de pueblo, con todo el respeto y cariño que a mí me merece el pueblo, del abogado y abogada de a pie, con despacho propio,  que son como el médico de cabecera. Y mientras la economía no vuelva a arrancar nuestra actividad me temo que tampoco.

Y entonces viene el tercer problema, el de que hay abogacía autónoma y otra abogacía mutualista. Que en uno y otro caso, de un día para otro se han quedado sin ingresos y sin saber cuando van a volver, que en el segundo de los casos no se va a poder solicitar ni la ayuda que se ofrece a los autónomos, porque ni  está equiparado ni se contempla. Y eso parece que ya clama el cielo.

Y en medio de todo este caos, la abogacía institucional sale con las asistencias a los detenidos por videoconferencia, enarbolando la protección a la salud de los abogados que prestan la asistencia al detenido, abanderando la idea absurda de que hay que estar sentados en la misma mesa que los Jueces y Fiscales, en el Juzgado, mientras que los detenidos (que parecen apestados, no sé porque regla de 3) se deben quedar en los cuarteles y comisarías con la Guardia Civil y/o la Policía. Y se nos vende también el gran logro de estar en la mesa de negociación con el Ministro, cuando también lo están los Procuradores y Graduados Sociales.

Y ¡hurra! se consigue lo de las videoconferencias. ¿Donde? En las capitales, por supuesto, donde hay medios. La abogacía de pueblo sigue asistiendo a los cuarteles como toda la vida, esperando que los Guardia Civiles, que deben tener tanto miedo como todos los demás a infectarse, hayan tomado las medidas necesarias para mantener la distancia entre todos, con los kits caseros de protección, hasta que puedan llegar “los oficiales”. Porque detenido no es igual a contagiado. Eso parecen tenerlo claro los jueces, que actuarán por videoconferencia cuando puedan, pero sin compañía “de nadie”, sin el abogado. Porque el virus está en cualquier parte y en cualquier persona. Que se lo digan a los políticos. Y si hablamos de guantes y mascarillas y todo lo demás, han corrido ríos de tinta, escritos pidiendo, exigiendo. ¿Y si no hay? ¿Y si se sabe que no hay? ¿Y si las que hay hacen falta prioritariamente para médicos y enfermeras que están en contacto diario con la enfermedad? Así que sí, hemos protestado y exigido. Personalmente, creo que han sido mucho más efectivos los grupos de apoyo entre compañeros, las gestiones con los juzgados, con los cuarteles, con las comisarías del partido, para que todo el mundo pueda desarrollar su labor con las mayores medidas dentro de las limitaciones.

Tal vez en otra pandemia seamos capaces todos de trabajar por videoconferencia desde entornos seguros, sin contacto con nadie, pero no creo que sea la situación que vaya a conseguirse ahora. Al menos no fuera de las grandes capitales. Bravo por los decanos de pueblo, entre ellos el mío, que se las han ingeniado hablando con los alcaldes, con compañeros, con farmacéuticos o con voluntarios para conseguir medios de protección para los letrados y letradas de guardia. Para los colegios que se han puesto de acuerdo con los jueces del partido para llevar a cabo las actuaciones esenciales del modo más seguro para todos, al margen de las hipótesis de mundos ideales.

Yo soy letrada de guardia. Yo no quiero coger el virus. Es más, no quiero contagiárselo a nadie. No quiero ser medio de propagación. Pero he sentido vergüenza ajena ante ciertas exigencias y manifestaciones. Yo no he oído a los médicos o a la enfermería quejarse por su trabajo. O a los trabajadores de residencias de ancianos. O a los de los supermercados. Y yo imagino que tienen tanto miedo a enfermarse como cualquiera. Y, sincaramente, creo que una cajera de Mercadona está más expuesta al contagio que los letrados y letradas del servicio de guardia. Hay gente que protesta y hay gente que actúa, como todos los voluntarios y voluntarias espontáneas que están ofreciendo medios y trabajo para proteger a los demás.

Sinceramente creo que la abogacía en esta crisis ha protestado más que actuado y lo actuado ha sido muy visual pero poco efectivo, al menos para la gran mayoría. Esperemos que ahora que acaban de salir las medidas propuestas por el CGPJ que si se aceptan va a acabar de …vivos a los abogados y abogadas, se actúe, y se actúe no pensando en las grandes firmas ni en las grandes ciudades, sino en todos los que nos dedicamos a esto de la abogacía y en los ciudadanos. Esas medidas se merecen un profundo análisis desde la reflexión pero, para mí, vulneran unos cuantos derechos fundamentales y garantías constitucionales.

¿Y ahora qué? Lo desconocemos. Ni siquiera somos capaces de ver cuando va a llegar el fin de esto. O a normalizarse la situación. Ahora que parecía que las cosas empezaban a marchar mejor. En fin. Se verá. Yo ya sé lo que es el insomnio, el no dormir pensando en el futuro. Al final, tampoco sirve de mucho, porque el futuro se hace presente y hay que seguir. Y con todo y con la que está cayendo, con ser una profesión duramente azotada por este virus, no la de los grandes despachos, sino la de diario, la de pie de calle, con todo y con eso, no cabe rendirse y hay que reinventarse. Y yo le pediría a la abogacía institucional que hable con la calle, con la abogacía de a píe y que desde esa visión piense en las necesidades, en el futuro que se nos plantea como profesión. Cómo sobrevivir a este parón de duración todavía incierta. Estamos, cuanto menos, en la misma situación que cualquier otro autónomo, con el plus, que si ellos no arrancan, si el resto no arranca, si le cuesta, a nosotros más. Porque somos servicios y por lo que hemos aprendido no esenciales.

Entre tanto, nos queda disfrutar del día a día. Aprender del bofetón que nos han dado. Ver el lado positivo como es que si se puede dedicar tiempo a la familia y a hablar con los demás, que para eso existe la tecnología, y disfrutar de ese tiempo regalado que ahora nos sobra,  porque, este virus lo paramos, lo que va a costar va a ser volver a ponerse en marcha con normalidad. Eso sí, seguimos ahí, al pie del cañón, para cuando queráis y nos necesitéis

 

Beatriz Gomar

 

El presente artículo es de opinión personal. Entiendo que muchos compañeros creen que sin los medios estimados adecuados y facilitados por la administración nos deberíamos negar a trabajar. Yo creo que no. No es obligado estar en el turno, ni es obligado asistir a un detenido “de pago” si no se quiere, con no aceptar el encargo sobra. Pero es un derecho la asistencia al detenido y también a la víctima de violencia de género. Y  un deber inexcusable para las letradas y letrados del turno de oficio, en el que, hoy por hoy, no se obliga a estar. Es más, para mí, un deber inexcusable incluso si me llama un cliente particular. Yo no querría que la cajera no me atendiera en un supermercado, o no viniera nadie a ayudarme si tengo la vivienda inundada porque se me ha roto una tubería.

 

 

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